martes 10 de noviembre de 2009

citaciega ©


Buenas noches. Buenas. ¿Qué hora es?, hace frío. Acérquese un poquito a la bombilla roja de mi plexo. Sí, sí, con todo gusto. El tiempo es suyo el gusto es mío. Gracias. Apoye su nariz contra mi cuello y huela. Huele bien, qué se puso. Nada, me puse, bueno, triste anoche, ¿le ha pasado? Sólo a veces, en invierno o lunes. Qué día es hoy. ¡A quién le importa! A todos, creo, Sí. ¿En qué trabaja? Tengo un trabajo de medio tiempo. Es un alivio, pero en qué, diga qué hace. Hacer hacer, no hago nada, dormir me gusta. Ah, le gusta el sueño. El sueño no, dormir me calma. Sin más rodeos déme un beso, le suplico, llevo más prisa que el hambre. Yo tengo sed, coincidencia. Pegue su pelvis de un salto a la mía. ¡Cómo cree!, ¿no le da miedo? Qué me da usted sino a cambio otro beso. Ya van dos, no se pase. Sí me paso. Qué le pasa. Nada, y ¿a usted? Nada. ¿Nada? Casi. ¿Casi nada? Casi siempre. ¡Vaya! ¿A dónde he de ir? No, digo que ¡vaya, vaya! ¿No entendió?, era un chiste. Sí entendí pero cuando me excito prefiero aguantarme la risa. ¿Eso también fue un chiste? Sí, ¿le dio risa? Sí, porque cuando me excito sufro enormes carcajadas. Mire, qué casualidad. Mire, un gato con botas. ¿Dónde? No, eso también fue un chiste. ¿Le gustan? ¿Qué, los chistes? No ¿Los gatos? No ¿Las botas? No, no, no. Mis ojos, ¿le gustan? Sí, no están mal, me recuerdan a alguien. ¿Ah sí, a quién? No me acuerdo. ¿Y a usted, le gustan? Tengo la lengua partida pero mis ojos siempre me han gustado. No, no, los míos, ¿le gustan a usted mis ojos? Pues claro, dudo que haya alguien con un mínimo sentido de la estética a quien no le gusten los ojos suyos. Ay ay ay. Perdón, le he incomodado. No, en absoluto, es que me entró algo precisamente a los ojos. A ver, venga acá, déjeme ver más de cerca. Ajá, conque sí. ¿Qué pasa, vio algo? No algo, vi a alguien. Me parece que le he entrado por la vista y ya me fui muy lejos, debo andar más o menos por la parte más oscura de su caja toráxica. Y ahora, ¿qué hacemos? Le digo que me bese, a ver qué pasa. Decía usted que está triste. Sí, pero eso fue antes de entrar por sus ojos. ¿O sea que ya no lo está? Creo que no, estoy más bien, no sé cómo, ¿le ha pasado? Todo el tiempo. ¿Qué hora es?, hace frío. Pues allí dentro de usted yo siento más bien calor. Ándele, no sea así, déme un beso. Está bien, ¿tiene cambio de doscientos? Si es preciso tengo cambio de un millón.



Ximena de Tavira.

lunes 9 de noviembre de 2009


Detrás de un cerebro que dice pensar ordenadamente. Delante de un sol que gobierna la bisutería del tiempo, la casa está llena de flores. Nos entra la luz por todas las puertas del ojo tercero así medio abierto entre cobijas. Octubre es la alfombra de miel que en marzo no tuve. Fumar y cagar a la vez es la cosa más neutra que me ha pasado en días. Usar la palabra cagar para suplir al verso estreñido de un ojo sin llanto es la cosa más triste que he dicho en semanas. El taxi me cobró lo menos que podía pedir por dejarme a la mitad de la revolución del viento, tomé otro, abordé al segundo con resignación y prisa. Tomé otro. La sala de urgencias se llenó de ti. Mi padre era un niño de almendra que tiembla y no puede dormir recostado en mis fauces, queriendo vivir y no puede. La mujer de rojo tiene un gorro verde y bronconeumonía. La chica de al lado se llamaba igual que tú. El niño en el vientre no quizo nacer. Hablando en primera persona enjugaré la sangre nosotros de ustedes, ya ellos sabrán qué hacer con el óxido famélico en sus ojos rotos, de sus dientes chuecos y su panza hinchada y los dedos artríticamente azulados picando la piedra gaseosa del agua del río. Mi fibra se llenó de urgencia de fibras de ti. La casa escurriendo de flores, flores de ti de tus ojos. El niño de almendra se va deshaciedo en mi boca. Las flores entán en el suelo dentro de un jarrón electrolito en el suelo lodoso del baño. La nave espacial de tu pelo estrellado se estaciona en doble fila de un lugar prohibido de mi soledad. Yo fumo y no puedo cagar y quiero llorar y no puedo. Me monto en tu espalda. Te pido perdón por un mal que no haré. Tu espalda me dice que la solución está justo enfrente de su rostro. Su rostro me mira y se queda dormido con los ojos bizcos hacia la columna soñándome doble. Le chupo la punta a los pies de tu espalda. Me abraza tu espalda. Tu espalda es secreto. Detrás de un cerebro que piensa que piensa que es dueño de mí. La casa es un nido de flores. De flores del campo, del campo de ti.

© Ximena de Tavira

jueves 5 de noviembre de 2009

SÁBADO 7 DE NOVIEMBRE









martes 20 de octubre de 2009

MARÍA XIME Y GRITA

maría mana

galleta maría

no xime.nena

lane grita, maría melones, maría rosalía, mi guitarra y yo



p r ó x i m a m e n t e

Poetas del Megáfono


en

Casa del Lago


domingo 18 de octubre de 2009

jueves 8 de octubre de 2009

© Ximena de Tavira

Estaba adquiriendo el hábito de peinarme las cejas: de abajo hacia arriba y del centro hacia afuera, como me enseñaste. Primero pensé, ordenando los vellos con igual inclinación, que se trataba de una maña contagiosa que me habías pegado, pero anudé el ceño en mi frente de cara al espejo y comprendí que te amaba y que por esa sola y suficiente razón opté por adoptar la estética facial que no heredé de las mujeres con mi apellido. A veces a escondidas usé el cepillo de dientes escudándome en el mito urbano de que la boca contiene más gérmenes que cualquier otra parte del cuerpo, exceptuando al ano. Estaba dispuesta a dejar esa casa por irme contigo. A ti te gustaba peinarme las cejas y acercar a mis labios una cucharita cubierta de zarzamoras con crema y azúcar. Tú en la cama de la habitación contigua al cuarto de baño forjando un cigarro medicinal, yo peinando mis cejas y pestañas para que nunca me dejes. Se fue la luz en toda la colonia y supe enseguida que aquel apagón repentino era producto de la inocente vanidad que provocaste en mí. Como la vez que uno de mis humores hizo tronar la cuerda de la guitarra azul (maravillas de la física) y tú sentiste mi acidez en tu garganta. Ya para entonces admiraba la maestría conque sacabas brillo a tus facciones. Nunca te puede decir en un lenguaje transversal la excitación de mis ojos en su tarea de tocarte. Me recordabas a algo obstinadamente antiguo para ser tan joven. Empezaba a oler a navidad, mi cuerpo a tus axilas que a su vez olían a navidad o algún simil de la escarcha.